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viernes, 22 de julio de 2011

Relatos relacionados con las Palabras de JESUS Tomados de Caballo de Troya 4.

CABALLO DE TROYA 4 – NAZARET
(Pg. 87) MARIA: “EL PADRE NUESTRO”
-...Padre nuestro, que nos has creado, arrancándonos como un destello eterno de tu corazón de oro... Que estás en los cielos... Que estás en los cielos limitados de cada dolor y de cada enfermedad... Que estás en la sangre que se derrama... Que estás en el cielo sin distancias del amor... Santificado sea tu nombre... Santificado y repetido con orgullo, con la satisfacción del hijo del poderoso... Venga a nosotros tu reino... Llegue a los hombres la sombra de tu sabiduría... Venga a nosotros la brisa que impulsa la vela... Venga pronto la señal de tu Hijo, mi añorado Hijo, vengan a nosotros las otras verdades de tu reino... Hágase tu voluntad en la Tierra y en los cielos... Y que el hombre sepa comprenderlo... Que los espíritus conozcan
que nada muere o cambia sin tu conocimiento... Que no perdamos el sentido de tu última palabra: «Amaos»... Hágase tu voluntad, aunque no la entendamos...
El pan nuestro de cada día, dánosle hoy... Danos el pan de la paciencia y el del reposo... Danos el pan de la alegría de los pequeños momentos... Danos el pan de las promesas... Danos el pan del valor y de la justicia... Y el fuego y la sal de la compañía... Y también el llanto que limpia... Danos, Padre, el rostro sin rostro de tu imagen... Y perdona nuestras deudas... Disculpa nuestros errores como el padre olvida la torpeza del hijo... Perdona las tinieblas de nuestro egoísmo... Perdona las heridas abiertas... Perdona los silencios y el trueno de las calumnias... Perdona nuestra pesada carga de desconfianza... Perdona a este mundo que, a fuerza de soledad, se está quedando solo... Perdona nuestro pasado y nuestro futuro... Y no nos dejes caer en tentación... Líbranos de la ceguera de corazón...
No nos dejes caer en la tentación de la riqueza, ni en la miseria y estrechez de espíritu... Líbranos, Padre, de toda certidumbre y seguridad materiales... Líbranos.
escrita por Jesús en su lejana juventud

Jason pregunto a Maria (madre de Jesus): -¿a Jesus le gustaban los nimales?
-Desde siempre -avanzó María. Y tras recordarme la pasión del Jesús niño por una de las ocas de la granja de su hermano, animó a la pequeña ardilla » a que me hablara de Zal Al oír este nombre, la muchacha, sobresaltada, bajó los ojos, rompiendo a llorar. Quedé en suspenso. ¿Quién era Zal? Y antes de que la Señora acertara a consolarla se retiró de la mesa, refugiándose en el oscuro taller. Miriam intentó levantarse para acudir en su ayuda.
Pero María, conociendo la extrema sensibilidad de Ruth, le recomendó que la dejara a solas. Zal -aclaró Miriam- fue uno de los mejores amigos de Ruth..., y de Jesús. (Pg. 136) Me interesé vivamente por este nuevo personaje. Y al requerir mayor información, la -Señora, intuitiva, se apresuró a descabalgarme de lo que, sin duda, llevaba camino de convertirse en una lamentable equivocación.
-Jasón: no te precipites... Zal no era un ser humano, aunque, en ocasiones, demostró mayor nobleza, lealtad e inteligencia que muchos que se dicen hombres. ¿Jesús no te habló de él?
-Lo recordaría...
Zal fue un hermoso perro, inseparable compañero de mi Hijo en sus últimos años. Una vez más, aquel jovencito había predicado con el ejemplo, colocándose del lado de la Naturaleza.

(Pg. 136)
Jason: ¿cómo y por qué surgió la designación de «Hijo del Hombre o de los Hombres»?
Maria y Myriam confirmaron lo que Santiago en Betania le había contado:
Fue en el transcurso de dicho año 9 cuando, en una de sus periódicas visitas a la biblioteca de la sinagoga, «tropezó» con un texto que le impresionó vivamente.
En ese año 9, como había empezado a relatar, la Providencia condujo al todavía confuso carpintero hasta uno de los rollos almacenados en la sinagoga: el libro de Enoc. Y aunque era público y notorio que el mencionado manuscrito podía tener un carácter apócrifo, Jesús lo leyó y releyó, impresionado por uno de los pasajes. En él aparecía la expresión «Hijo del Hombre». El autor hablaba con precisión, retratando a un Hombre que, antes de descender al mundo para iluminarlo con su palabra, había cruzado los umbrales de la gloria celestial, en compañía del Padre Universal, «su» Padre. Y (Pg.140) decía también que el «Hijo del Hombre» había renunciado a su majestad y grandeza, en beneficio de los infelices y perdidos mortales a quienes ofrecería la revelación de la filiación divina. Y el corazón del adolescente vibró como pocas veces lo había hecho. De entre las profecías y referencias mesiánicas, aquélla era la que más se aproximaba a sus íntimas inquietudes. Y a sus catorce años Jesús de Nazaret se hizo la firme y secreta promesa de adoptar para sí tan hermoso título. Ciertamente, y yo fui testigo de excepción, el Maestro tenía la facultad infalible y envidiable de reconocer la verdad, allí donde estuviera y vistiera el ropaje que vistiera...
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Y llegó el 21 de agosto...
Como dije, el rompecabezas del odio y de la envidia seguía encajando. Al cumplir los quince años, el entonces jefe de la sinagoga de Nazaret`-Ismael el saduceo- se apresuró a ordenar una nueva pieza en el tablero de su corazón de hiena. Veamos cómo ocurrió.
En esa señalada fecha Jesús fue autorizado a dirigir el oficio del sábado. (A partir de los doce-trece años, la ley permitía a los varones libres de Israel la lectura de la sagrada Torá -el Pentateuco- en las sinagogas.) Y aunque el adolescente ya había leído las Escrituras en otras oportunidades, en aquel momento, al sabbat siguiente a su cumpleaños, al ser requerido oficialmente por el consejo, el acto guardaba una solemne significación. La aldea entera se hallaba reunida en la beth- hakeneseth. Y el joven, vistiendo su blanca túnica de lino, regalo de María, se dirigió a los asistentes, leyendo un pasaje especialmente escogido por su simbología:
-El espíritu del Señor Dios está en mí, ya que Él me ha ungido y enviado para llevar a los bondadosos la buena nueva, para curar a aquellos que sufren, para anunciar la libertad a los cautivos y abrir las cárceles a los prisioneros.
Para proclamar el año en favor del Eterno y un día de venganza para nuestro Dios. Para consolar a los afligidos y darles el aceite de la alegría en lugar del luto y un canto de alabanzas en vez de un espíritu abatido, con el fin de que sean llamados árboles de rectitud, plantados por el Señor y destinados a glorificarle...
»Buscad el bien y no el mal, para que viváis y el Señor, el Eterno de los Ejércitos, sea con vosotros. Odiad el mal, amad el bien. Estableced
el juicio justo en las asambleas de la puerta. Tal vez el Señor Dios usará de su gracia con los restos de José.
»Lavaos y purificaos. Quitad la maldad en vuestras acciones ante mis ojos. Cesad de hacer el mal y aprended a hacer el bien. Buscad la justicia, aliviad al oprimido. Defended al que ya no tiene padre y proteged la causa de la viuda.
»¿Cómo me presentaré ante el Señor? ¿Cómo me inclinaré delante del Dios de toda la tierra? ¿Tendré que ir ante Él con holocaustos, con bueyes de un (Pg. 141) año? ¿El Señor gozará con miles de moruecos, con decenas de miles de carneros o con ríos de aceite? ¿Daría a mi primogénito por mi trasgresión o el fruto de mi cuerpo por el pecado de mi alma? No, porque el Señor nos ha enseñado lo que es bueno. ¿Qué os pide el Señor? Únicamente, ser justos, amar la misericordia y caminar humildemente hacia Él.
»¿Con quién comparáis al Dios que domina toda la órbita de la tierra? Levantad los ojos y ved quién ha creado estos mundos que producen legiones y las llama por su nombre. Hace todas estas cosas gracias a la grandeza de su poder. Y dada la fuerza de su poder, nadie se equivoca. Da vigor a los débiles y aumenta la fuerza a los que están cansados. No temáis, pues estoy con vosotros ya que soy vuestro Dios. Os ayudaré. En efecto os sostendré con la mano derecha de la justicia, pues soy el Señor vuestro Dios. Os daré mi mano, diciendo: "No temáis, ya que os ayudaré."
»Tú eres mi testigo, dijo el Señor y el servidor que he escogido con el fin de que todos me conozcan y me crean, al tiempo que sepan que soy el Eterno.
Yo, sí yo, soy el Señor..., y fuera de mí no hay Salvador.
Miriam, que idolatraba a su Hermano, dio cumplida cuenta de la reacción del pueblo:
-Regresaron a sus casas impresionados. La lectura de Jesús, solemne, dulce, varonil, rotunda, les llenó de paz y de esperanza...
-Y de odio -medió la Señora, aportando un dato que ya flotaba en mi mente-. Odio entre los de siempre... Odio en los corazones de los que asociaron aquella lectura con mis sueños mesiánicos. El saduceo, sobre todo, que siempre menospreció nuestras creencias en el Mesías, interpretó las últimas frases de mi Hijo como una blasfemia solapada. Él sabía que Jesús era considerado «el niño de la Promesa». La noticia, inevitablemente, terminó por correr de boca en boca. Y el atrevimiento de Jesús le pareció intolerable.
«¿Quién se cree este engreído carpintero? (llegó a murmurar). Suponiendo que el Ungido aparezca, ¿es que no sabe que primero será designado sumo sacerdote?»
-Imagino que Jesús sabía de estos odios...
-Sobradamente -puntualizó su madre-. Pero había «algo» en él que desconcertaba. Desde muy niño le repugnaba la violencia. Y no era un problema de falta de valor o de vigor físico. Todos le vimos cargar maderos de dos y tres «efa». -Considerando que un «efa» equivalía a unos 43 kilos, la (Pg. 142) expresión de la madre se me antojó un tanto exagerada. Pero todo era posible en
aquel soberbio ejemplar humano-. Nadie le vio retroceder ante una amenaza o arrugarse como una mujer en la oscuridad. Era bravo y valeroso..., pero lo demostraba con sencillez, sin alardes. Y cuando llegaban a sus oídos las maledicencias o calumnias de los de siempre, sonreía o acudía a su frase favorita: «nada se mueve si no es por la voluntad de mi Padre. Incluso la lengua del áspid».
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(Pg. 143)
-Suponemos -terció María- que la idea del «Padrenuestro» nació a causa de nuestra escasa imaginación...
-No entiendo.
-Es fácil -aclaró, impacientándose ante mi impaciencia-. Desde siempre, mi pueblo y mi familia se habían limitado a recitar de memoria las oraciones que marca la ley y la tradición. Pero Jesús, empeñado en que compartiéramos sus locas pretensiones de «hablar directamente con Dios», bendito sea su nombre, insistía en que «era bueno improvisar y comunicar al Padre todas nuestras inquietudes y problemas». ¿Te imaginas, Jasón? ¿Cómo podía ser eso? Por mucho menos habían lapidado a otros. ¿Hablar, de tú a tú, con el Divino?... Las amonestaciones de José, cuando vivía, y las mías, en todos esos años, fueron como zumbidos de moscas en sus oídos. Mis hijos, que le adoraban, lo intentaron. Pero, temerosos ante «el qué dirán» o amarrados a la fuerza de la costumbre, acababan en la recitación memorística. Y un buen día...
-Una noche, mamá María... -corrigió Miriam.
-Una noche, tienes razón, cansado de solicitar espontaneidad, fue a sentarse aquí mismo y tomando una de las maderas sobrantes del «sucio taller »...
-Esta vez acompañó la indirecta con una pícara sonrisa-..: .se puso a pintar...
-A escribir, mamá María... -rectificó la hija.
-El cielo me valga, Jasón... Ya no hay respeto en este mundo...
Agradecí la precisión. Como era lógico y natural, la Señora no podía comprender lo importante que era para mí la exactitud, la «milimétrica exactitud», en todo lo concerniente a su Hijo. Y aunque el hecho de equivocar la palabra «escribir» por la de «pintar» pueda ser estimado como vanal, no quiero pasarlo por alto. La razón no es tan vanal... Nos hallábamos en abril del 30. Habían transcurrido veintiún años desde la creación del Padrenuestro.
Si una de las protagonistas del importante suceso no retenía con nitidez los pormenores del mismo, ¿qué podía esperarse de los llamados «evangelistas» (Pg. 144) que se aventuraron a redactar sus recuerdos y los de terceras personas bastantes años después?
-...Muy bien, se puso a escribir... Esta deslenguada y yo trasteábamos junto al hogar, preparando la cena. Y los más pequeños, si no recuerdo mal, jugaban fuera o quizá en el terrado, con las cajas de arena...
María, suspicaz, arqueó las cejas y abriendo las manos interrogó a su hija con la mirada. Pero Miriam, maliciosamente, le hizo ver que su memoria no llegaba tan lejos.
-Y de pronto, Ruth, que apenas contaba seis meses, rompió a llorar. Alcé la vista y vi cómo Jesús arrimaba la cuna a la mesa. Me sonrió y, canturreando, prosiguió con su escritura, al tiempo que balanceaba a la «pequeña ardilla». Era matemático. En cuanto alguien la acunaba, la muy pájara cesaba en sus lloros... Y así, inclinado sobre esta muela, haciendo traquetear la cuna con su mano derecha, entre el vocerío de la gente menuda y el trasteo de platos y vasijas, le dio cuerpo a esa «maravilla»…
Un punto de silencio arropó la certera calificación. Y los tres nos abandonamos en brazos de aquella escena. ¡Cuán sencilla es a veces la gestación de las grandes obras!
-Terminada la cena reclamó la atención general y, amoroso, nos leyó la plegaria. Los más pequeños -Judas, Amos y Ruth- se. durmieron en los brazos de sus hermanos. Y en paz, a la parpadeante luz de una lucerna como ésta, mi Hijo fue leyendo, comentando y respondiendo las dudas de todos nosotros...
La Señora titubeó. Y sus labios temblaron, vencidos por una melancólica tristeza.
-Fue hermoso, Jasón -le relevó Miriam, mientras escondía entre las suyas las largas y crepusculares manos de su madre-. Hermoso aunque no le comprendiéramos...
-¿Por qué? -interviene sin reflexionar.
-Él hablaba y decía cosas extrañas, casi prohibidas por la ley...
-Por Dios -le animé-, hazme partícipe de sus «pecados».
La muchacha sonrió, gozosa ante alguien que tampoco cedía con facilidad.
-Fue recitando lo escrito y..., pero mejor será que lo escuches. Y entornando los ojos fue recordando.
-Padre nuestro...
»Y recorriendo nuestros asombrados ojos aclaró: »Porque Él nos ha creado en verdad, como la ola que, sin desprenderse, se desprende del mar...
»Que estás en los cielos...
»Y guiñándonos un ojo señaló al pecho de Santiago. Y dijo:
»En los cielos del corazón.
»Santificado sea tu nombre...
(Pg.145)
»Y todos asentimos. Pero él, sin dejar de sonreír, negó con la cabeza. Y aclaró:
. »Santificado, no sólo porque lo ordene la ley. Santificado porque nunca duerme. Santificado porque nunca hiere. Santificado porque ahora, seguramente, se sonríe ante los problemas de mamá María y de este pobre carpintero...
La Señora, me traspasó con la mirada. Aquel verde hierba hubiera sido suficiente para iluminar la estancia. -Venga a nosotros tu reino... »Y Santiago le interrumpió: ¿Es que Dios es rey?
»Y mi Hermano, señalando hacia el patio, alzó la voz. Y dijo:
»El único, oídme bien, capaz de armar el rojo de una rosa. ¿Podrías tú, Santiago, o tú, Miriam, o tú, José, fabricar la geometría de las estrellas?
»Nadie replicó. Y con una seguridad que daba miedo sentenció:
»Pues ése es el reino de nuestro Padre: el de la belleza visible e invisible.
»¿Belleza invisible?, saltó Simón, que a sus siete años era tan irritantemente curioso como Jesús.
»Sí, pequeño: la que se adivina debajo de la justicia; la que sostiene un beso de amor; la de los hombres que jamás reclaman; la que regala al mundo sus cosechas; la que concede antes de que se abran los labios para rogar.
Ése es nuestro reino...
»Y hágase tu voluntad en la tierra y en los cielos... »Esperó un momento. Y en plena expectación anunció lo que menos imaginábamos:
»Ya sé que, a veces, el Padre de los Cielos parece como si se hubiera ido de viaje... No temáis: es el único que jamás viaja...
»¿Nunca?, terció Marta con los ojos abiertos como espuertas. Eso no es verdad... ¿Y qué me dices de Moisés? ¿No viajó con él por el desierto?
»Atrapado, Jesús se rindió a la candidez de mi hermana.
»Lo que quiero decir, niña intrigante, es que nuestra voluntad no siempre coincide con la suya. Pero Él, como mamá María, sabe bien lo que te conviene.
Hacer la voluntad del Padre -siempre, a cada instante, aunque no la comprendamos- es el pequeño-gran secreto para vivir en paz.
»Y mi Hermano continuó:
»El pan nuestro de cada día, dánosle hoy...
»Pero, ¿quién nos lo da: mamá María, tú o Dios?
»El responsable y racional Santiago nunca tuvo pelos en la lengua.
»Mamá María y yo, por supuesto..., porque Él nos lo ha dado primero.
»El razonamiento, a sus once años, no le satisfizo.
»Y mi Hermano añadió solícito:
»El Padre es sabio. Conoce a cada uno de sus hijos por su nombre. Y dispone todo lo necesario para que, en forma de trabajo, de suerte o de casualidad, ni una sola de sus criaturas quede desamparada. La codicia, la ambición (Pg. 146) y la usura, queridos, no son sólo pecados contra los hombres. Son estupideces, muy propias de los que han olvidado o nunca supieron que tienen un Padre..., inmensamente rico.
»Y perdona nuestras deudas.
»Y Jesús dijo:
»Sobre todo, las que nadie conoce.
»Y tú -me atreví a preguntarle, aclaró Miriam-, ¿también tienes deudas con el Padre?
»Se puso serio. Y me asusté.
»Tantas como virutas en mi taller...
»Pero nadie le creyó porque esas virutas estaban rizadas por el sudor de su frente. Y es difícil hallar la maldad en alguien que lo antepone todo a su interés.
»Y no nos dejes caer en la tentación.
»Y bajando el tono de voz nos hizo partícipes de otro secreto:
»...No en la tentación de violar el sábado o las casi siempre interesadas leyes de los hombres. Decid mejor: «no nos dejes caer en la tentación» de olvidarte, Padre de los cielos. Si el peor de los pecados es menospreciar o ignorar a los que nos han dado la vida terrenal, ¿qué clase de afrenta será renunciar al Padre de los padres?
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(Pg. 151)
Y fue en aquel año 10 cuando -según confesión de Santiago- tomó una de sus primeras e importantes decisiones. Una determinación que afectaba a su futuro y al de los suyos. Una resolución que no compartió con su madre porque, entre otras razones, difícilmente le hubiera comprendido. Jesús, (Pg. 152) consciente de su grave responsabilidad para con la familia de la que era «padre» y principal soporte, decidió esperar...
-Lo había meditado largamente -explicó su hermano-. Aguardaría a que todos estuviésemos en condiciones de valernos por nosotros mismos. Entonces, sólo entonces, emprendería su ministerio como educador de la verdad.
-¿Qué verdad? -pregunté simulando un total escepticismo.
-La suya -replicó certeramente-. A sus dieciséis años, aunque su pensamiento se hallaba todavía confuso, tenía muy clara la idea de «su Padre Celestial». No me preguntes cómo pero ese asunto había echado unas profundas raíces en su inteligencia. Y nadie pudo con Él: ni maestros, ni sacerdotes, ni amigos, ni siquiera María... ¡Pobre mamá María! ¡Cuánto padeció con sus silencios!... Y ése, Jasón, fue el sueño y el ideal que le sostuvo durante años: liberarse de los compromisos familiares para anunciar al mundo que hay un Padre que nada tiene que ver con el Yavé de nuestros mayores.

…una vez que sus hermanos contrajeron matrimonio y encauzaron sus respectivas existencias, el Maestro abandonó la Galilea..., para viajar. Y lo hizo durante dos años. En total, por tanto, la «puesta a punto» de su misión exigió más de cinco mil días. Evidentemente, la aparición en público del Hijo del Hombre no fue algo repentino, ni fruto de una «súbita iluminación», como pueden creer algunos. En el desarrollo de nuestro «tercer salto» iríamos descubriendo el apasionante prolegómeno que constituyó el fundamento de su gira de predicación.

…María era imprevisible. Así que fui todo oídos. (Maria dirigiéndose a Ismael referente a la educación de sus hijas)
-...Y Moisés puso la ley por escrito y se la dio a los sacerdotes... Y les dio esta orden: «Cada siete años, tiempo fijado para el año de la Remisión, en la fiesta de las Tiendas, cuando todo Israel acuda, para ver el rostro de Yavé tu Dios, al lugar elegido por él, leerás esta ley a oídos de todo Israel.
Congrega al pueblo, hombres, mujeres y niños, y al forastero que vive en tus ciudades, para que oigan, aprendan a temer a Yavé vuestro Dios, y cuiden de poner en práctica todas las palabras de esta ley. Y sus hijos, que todavía no la conocen, la oirán y aprenderán a temer a Yavé nuestro Dios todos los días que viváis en el suelo que vais a tomar en posesión al pasar el Jordán.»
Más que el contenido de aquel pasaje del Deuteronomio lo que me impactó fue el hecho de que conociera la Torá. Quizá, como otras mujeres, había sido «secretamente» instruida en su hogar.
-Y ahora dime: ¿guardaban justicia mis palabras?
Asentí, claro.
-Pues bien, conforme recitaba la letra santa, el muy bribón, a quien Dios confunda, fue cambiando de color. Y del blanco pasó al rojo y luego al verde. Algo tramaba. Y mi Hijo, conociendo sus maquinaciones, me hizo un gesto para que cesara el discurso. Pero María, «la de las palomas», no es mujer a la que se le pueda imponer un injusto silencio. Aquel saduceo me escucharía hasta el final. Y al concluir, dirigiéndose a Jesús, con la lengua atropellada por la ira, balbuceó: «¡Tú y tus irreverentes ideas...! ¡Más valdría que buscaras marido para esta viuda deslenguada! »
»A partir de ese momento, el muy venenoso ni siquiera me miró. Mis posibles culpas cayeron sobre las espaldas de Jesús. E invocando la palabra del Divino acometió de nuevo: "¡Muchos han caído a filo de espada, mas no tantos como los caídos por la lengua! Yugo mal sujeto es la mujer mala..."
»Y Jesús, una vez que el hazán hubo vaciado su ponzoña, le replicó con la sabiduría del Eclesiástico: "Tres clases de gente odia mi alma, y su vida de indignación me llena: pobre altanero, rico mentiroso y viejo adúltero, falto de inteligencia."
»¡Dios bendito!, el saduceo (altanero, mentiroso y adúltero) se puso lívido. Y arrojando hiel y fuego por los ojos arremetió contra mi Hijo: "¿Quién le ha enseñado la ley? ¿Quién ha cometido el sacrilegio de abrir la santidad de la (Pg. 158) Torá. a esta pecadora? ¿Has sido tú, Mesías de madera? ¿Sabes que podría expulsarte de la sinagoga?"
»Pero Jesús, sonriendo valientemente, le dijo algo que entonces, con el señuelo del Mesías Libertador en mi corazón, interpreté de forma equivocada: "Mide bien tus palabras, Ismael. También yo, el último, me he desvelado, como quien racima tras los viñadores. Por la bendición del Señor me he adelantado, y como viñador he llenado el lagar. Mira que no para mí sólo me afano, sino para todos los que buscan la instrucción. Deja a esta viuda con la pena de su viudez y no olvides lo que reza la ley que tanto defiendes: el corazón obstinado se carga de fatigas. Y hay quien se agota y apresura en beneficio de la santidad de un libro, llegando tarde a la suya propia.
Si por buscar el ingreso de la justicia en la sinagoga pretendes mi expulsión de la asamblea, ¿no será que estás condenando al justo?"
» "¿Justo? ¿Te atreves a proclamarte Justo?"
»El saduceo, fuera de sí, le hubiera abrasado en su mirada. Y cuando Jesús se disponía a responder estalló entre hipócritas lamentos: "¡Halaga a tu hijo y te dará sorpresas! ¡Juega con él y te traerá pesares! ¿Por qué tuve que instruirte? ¿Has olvidado quién te enseñó? ¿Eres tú más justo que el que imparte la justicia?"
»Esta vez, mi Hijo no permitió que le sellara los labios. "No lo he olvidado.
Pero no habría estado en tu mano, de no ser por expreso deseo de mi Padre..."
»Ismael -aclaró María innecesariamente- confundió las palabras. "José, tu padre, era un hombre sin doblez, pero blando. Te consintió en exceso y éste es el fruto: un hijo libertino."
»"Está escrito: el que instruye a su hijo (rechazó Jesús) pondrá celoso a su enemigo. Y ante sus amigos se sentirá gozoso." En cuanto a mis pecados, no olvides que los vástagos de los impíos no tienen muchas ramas... Y dime: ¿acaso las ves en este Mesías de madera?"
»"¿Cómo te atreves a llamarme impío? (vomitó el sacerdote). Yo soy el custodio de la ley..."
»"El que guarda la ley (le desarmó Jesús) controla sus ideas."
»"Mis ideas, desagradecido y presuntuoso jovencito (clamó el hazán atropelladamente) nacen de la ley. Las tuyas, para tu perdición, mueren en la ley. Siempre te expresaste como un necio y sólo a los necios consolarás. Mas, no te confundas: yo no soy tal."
»"Ismael (manifestó Jesús con una paciencia y dulzura que me sacaron de quicio), tú, ahora, tienes el corazón en la boca. Y yo, algún día, enseñaré lo contrario: que el corazón sea la boca de los sabios."
»"¿Algún día?... Primero tendrás que aprender la humildad. Y aun así,
¿quién escuchará a un desarrapado carpintero?"
(Pg. 159)
»Jasón, tuve que contenerme. Le hubiera sacado los ojos...
»Pero aquel Hijo del Hombre en proyecto empezaba a brillar con luz propia. Y tuvo la respuesta justa: "Quien es estimado en la pobreza, ¡cuánto más en la riqueza!"
»"¡Ah!, ¿pero tú serás rico?", se burló el saduceo.
»Y mi Hijo volvió a sonreírle. Y señalando con el dedo a los cielos trató de aclararle su idea de la "riqueza". Pero la víbora era ciega.
»"Mi riqueza, Ismael, es hacer la voluntad del Padre. Cuanto mayor es mi fe en Él, más grande mi crédito en la tierra... Y en cuanto a aprender la humildad, ésa, amigo mío, no se aprende: se nace o no se nace con ella."
»"Dice la Escritura: ensálzate con moderación."
»El reproche del sacerdote no hizo mella en Jesús. "Y dice también (le replicó al punto) estímate en lo que vales. Porque, al que peca contra sí mismo, ¿quién le justificará? ¿Quién apreciará al que desprecia su vida?"
»`Y tú, infeliz, ¿en qué puedes estimarte?"
»Cargada como una tormenta no pude contenerme. Y fui yo quien le dio cumplida réplica: "Es estimado en el amor que guarda y que otorga. ¿Puedes tú decir lo mismo, que sólo has ganado la amistad de los sin amor?"
»Jesús trató de apaciguarme. Pero, furiosa, le restregué por la cara lo que todos pensaban y muy pocos se atrevían a declarar. "Tu boca amarga, lejos de multiplicar amigos, sólo sabe menguarlos. Tu poder es el del miedo. Te sientas a las mesas de las gentes de esta aldea, pero jamás has abierto tu bolsa ante la adversidad de los demás. Sólo tú te estimas, confundiendo el brillo del lujo con el beneplácito divino. ¿Es que no sabes que el corazón modela el rostro del hombre? Pues bien, mírate y juzga..."
»Mis palabras, lo reconozco, fueron despiadadas. Y Jesús, tirando de mí, me obligó a regresar a casa. Desde aquella disputa, Ismael el saduceo no dejó de intrigar para perdemos. Y mis hijas tuvieron que ser instruidas secretamente. Santiago, y en ocasiones Jesús, cuando su trabajo se lo permitía, fueron los maestros.
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(Pg. 162)
-Era curioso -manifestó Miriam, hablando casi para sí-. Recuerdo muy bien los ojos de Jesús cuando tocábamos el mundo de los números. Se iluminaban. Flotaba en ellos el amarillo de la llama... Todos sabíamos que le entusiasmaban. Pero nunca quiso entrar en honduras. Los llamaba la «secreta correspondencia de su Padre de los cielos». ¿Qué podía querer decir?
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-¿En qué momento se refirió el ángel a un Mesías Libertador?
Me miró confusa. Y rememorando el anuncio -grabado a martillo y cincel en su memoria- enumeró las expresiones que, según ella, habían alimentado sus ilusiones:
-..:«Tu concepción ha sido ordenada por el cielo»... «Le llamarás Yavé salva... E inaugurará el reino de los cielos sobre la tierra y entre los hombres...» «Isabel prepara el camino para el mensaje de liberación que tu hijo proclamará con fuerza y profunda convicción a los hombres»... «Esta casa ha sido escogida como morada terrestre de este niño del destino.»
Y sus ojos, violetas ahora por la pesadumbre, esperaron alguna aclaración.
Y quien esto escribe se atrevió a proporcionársela. Para ello entoné' primero otra no menos célebre súplica de naturaleza mesiánica, contenida en las Escrituras:
-Escucha, oh Señor, pon sobre ellos a su rey, el hijo de David...
»Y cíñele de fuerza, que pueda destruir a los jefes injustos...
»Que con vara de hierro los aniquile...»Que destruya a las naciones impías con el aliento de su boca...»Y que reúna un pueblo santo...»Y ponga las naciones paganas bajo su yugo... »Será rey justo, instruido por Dios...»Y en sus días no habrá iniquidad en su reino... »Pues todo será santo y su rey el Ungido del Señor. Acto seguido pregunté:
-¿Es que Jesús fue un destructor de jefes injustos?
¿Aniquiló con vara de hierro? ¿Destruyó naciones? ¿Es que no hubo iniquidad durante su vida? ¿Fue todo santo? ¿Qué relación guarda esto con la buena nueva del ángel? Miriam, sorprendida por mis «conocimientos bíblicos», hizo de defensora de su madre:
(Pg.179)
-Gabriel habló de un mensaje de liberación para los hombres...
Asentí, complacido por la oportunidad de su comentario. Y puesto que el Maestro se había cansado de insistir en ello, les recordé algo que no interfería en «su ahora»:
-Ese mensaje, hija, que muy pocos han comprendido, nada tiene que ver con un Mesías Libertador. No es fuego, ni armas, ni guerra, ni esplendor humano o político lo que ha traído tu Hermano a la tierra. Es algo así como un correo especial, directamente de los cielos...
La Señora tomó mis manos y, besándolas, exclamó radiante:
-¡Dios te bendiga!
Las retiré al momento. Y confuso concluí como pude:
-...Un correo que, más o menos, le recuerda a la humanidad que hay un Padre en los cielos...
El gesto de María me descompuso. Y no supe terminar.
-
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(Pg. 180)
-Ahora me siento orgullosa de un Hijo así. «Ninguna causa (les dijo abiertamente) puede justificar mi ausencia. Mi madre viuda y mis ocho hermanos precisan del consuelo, del cariño y del consejo de un guía de su misma sangre. Y el dinero, amigos míos, no arropará a los más pequeños en las noches de invierno, ni consolará la soledad de María. Lo siento. La solemne promesa hecha a mi padre muerto no será rota.
Y después de agradecerles sus desvelos se retiró al taller.
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(Pg. 185)
 -En aquellos años -intervino Jacobo en un cordial intento de satisfacer mi sed-, por si ello arroja luz sobre tus dudas, el tema favorito de conversación con nosotros, sus íntimos, era su Padre Celestial.
Ésa era una buena pista. Y le supliqué que profundizara.
-Hablaba de Él a todas horas. Con el menor o más vanal de los pretextos. Era una obsesión. Su Padre estaba en todo. E intentaba convencemos de que éramos sus hijos. No importaba la raza, la condición social o el grado de bondad. Para nosotros no era fácil. El único Dios que habíamos conocido era el de Moisés: justiciero, abrasador a veces, conquistador y tan remoto que sólo el sumo sacerdote tenía acceso al «santo de los santos» y una vez al año. ¿Cómo podíamos hablar de tú a tú con ese Dios? La blasfemia era flagrante. Pero Él lo vivía y explicaba con una lógica y naturalidad que infundían miedo. Santiago y yo lo comentamos muchas veces: si las ideas de Jesús llegaban a oídos del consejo podía ser fulminado. Decía, incluso, que «nuestro Padre» amaba lo feo, lo impuro y lo deforme. Nos mostraba una flor, un trozo de madera de su taller o a su perro y exclamaba entusiasmado:
«¿Sabéis de hombre alguno que haya logrado una perfección semejante?»
»Algunas veces le preguntamos por el rostro de ese Dios. Nos miraba con dulzura y decía: «¿Podéis describirme el de la música? ¿Qué facciones tiene el amor? ¿Quién será capaz de dibujar la cara de la sabiduría? ¿Tiene ojos la ternura o la tolerancia o la fidelidad? Pues bien, hermanos míos, así es el Padre de los cielos: sin rostro y con los mil rostros de la belleza, del perdón, de la risa, del poder, de la paz y, sobre todo, de la misericordia.
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(Pg. 189)
Santiago: -Y te diré una cosa, Jasón. Aquellas buenas gentes, paganos en su mayoría, agradecían este trato. Mi Hermano les hacía multitud de preguntas y la espera resultaba infinitamente más agradable. No todos los albergues y almacenes recibían a los prosélitos con el mismo cariño y simpatía. Y el saduceo, enterado de lo que él -consideraba «una debilidad impropia de un judío»; le amonestó en repetidas ocasiones. Pero Jesús le contestaba siempre lo mismo:
«Grandes trabajos han sido creados para todo hombre. Una sonrisa y
una palabra amable hacen más ligero el yugo.»
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(Pg. 192)
-María casi le sigue a la tumba -susurró Jacobo-. Si la desaparición de José fue un hachazo, la del niño la destrozó física y moralmente. Y todos clamamos a Yavé. ¿Por qué? ¿Qué pecado habíamos cometido? El único que se mostró entero (¡bendito sea su nombre!) fue Jesús. Nadie le vio llorar. Pero tampoco consintió que sus familiares portaran el cadáver de su hermano hasta la colina. Él mismo, con una serenidad y majestad envidiables, lo tomó en sus brazos, presidiendo el cortejo fúnebre. Y al depositarlo junto a los restos de José le besó y clamó con gran voz: «Padre mío, ésta es tu voluntad. Amós es tuyo y a ti vuelve. Y ahora líbranos de la tristeza: la verdadera muerte.»
»Y durante semanas esta casa fue una garganta desierta. El pueblo desfiló por ella de puntillas. Nadie hablaba. Y a pesar de los esfuerzos y la permanente presencia de Jesús, María se negaba a comer. Y llegó un momento en que temimos por su salud. Hasta que, cariñoso pero firme, su Hijo posó las manos sobre sus hombros y le dijo: "Madre, la pena no puede ayudarnos. Hacemos cuanto podemos, pero no es suficiente. El Padre, ahora, nos pide el tributo de una sonrisa. Concédenos la tuya. Así, todo saldrá mejor. Y no pierdas la esperanza. Él sabe lo que nos conviene. También en el dolor está su mano."
»Y consiguió lo que parecía un milagro. Su optimismo, paciencia y sentido común fueron como un bálsamo. Y mamá María, muy despacio, recuperó el (Pg.193) color y las ganas de vivir. Y a partir de aquel duelo fue unánimemente reconocido como un jefe valeroso.
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(Pg. 206)
-Tenía una frase que le encantaba repetir -manifestó Jacobo con placer-. «No seáis como esos lacayos que siempre esperan una propina; servid al Padre gratuitamente.»
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(Pg. 209)
Y Santiago, el único que supo de los detalles de éste, su primer viaje en solitario, se hizo con el gobierno del relato.
-No sé si hemos comentado en otras oportunidades el profundo desagrado que experimentaba Jesús cada vez que visitaba el templo...
En efecto. El tema había sido tocado en las conversaciones desplegadas en Betania.
-...Pues bien, en esta tercera entrada en Jerusalén (según me confesó a la vuelta) el repulsivo espectáculo de los sacrificios y el descarado comercio en el atrio de los Gentiles destaparon sus antiguos sentimientos. «Aquello es una vergüenza (dijo). Paganos, sacerdotes y judíos han convertido la fiesta de la Pascua en un latrocinio. Sólo les interesa el dinero. Y tienen el atrevimiento de justificar su repugnante actuación "en el nombre de Yavé". ¿A qué clase de Dios creen que sirven? ¿Es que el derramamiento de sangre sirve para algo más que para truncar la vida de un animal y revolver el estómago de los sensibles? Mi Padre no es un Dios de sangre. » Y se entristecía, Jasón. Esta concepción de un Yavé al que había que aplacar le resultaba pueril y propia de un pueblo primitivo. Ésa, como sabes, fue una de sus permanentes batallas.
Y movido por esta natural repugnancia propuso a Lázaro y a sus hermanas lo que, a partir de ese año 14, se convertiría en todo un símbolo: festejar la Pascua prescindiendo del cordero.
-La familia de Betania -continuó Santiago-, que no esperaba la visita de mi Hermano, quedó estupefacta. ¿Celebrar la solemne fiesta rompiendo con la tradición? Y Jesús les explicó que esta suerte de rituales carecía de importancia. Que nada tenían que ver con el Padre de los cielos. Y por primera vez, aunque en secreto, un grupo judío quebró la sagrada ley de Moisés. En (Pg. 210) la mesa de Lázaro sólo hubo pan ácimo y vino con agua. Y en un apasionado discurso, Jesús llamó a esos manjares el «pan de la vida» y el «agua viviente».
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(Pg. 212)
-¿Y qué era «lejano» para Jesús?
María y sus hijas sonrieron. Y dieron la respuesta certera: -Para aquel Hombre maravilloso sólo existía el presente. El futuro, el mañana, eran la voluntad del Padre.
…-Jesús, optimista por naturaleza, depositaba sus manos sobre mis hombros y a mis insinuaciones sobre la posibilidad de salir de la pobreza replicaba: «Madre, nunca hemos sido pobres...» -La Señora, al recordar estas palabras, pronunciadas dieciséis años atrás, se estremeció...
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(Pg. 214)
El Mayor: Jesús se encarnó en la tierra con una doble gran finalidad. Él, como «Hijo» de ese gran Dios o Padre Celeste, ya había conocido la gloria de la divinidad. (Las palabras, lo he dicho, son mi enemigo. Haré lo que pueda.) Pero quiso «descender» hasta una de las más primitivas escalas de las criaturas dotadas de voluntad. Nunca lo comprendí, pero ésas fueron sus palabras. Él, como Soberano y Creador de esas mismas criaturas (llamadas seres humanos), deseaba compartir su existencia. Para ello, el «mejor sistema» era hacerse hombre y vivir como tal. Y lógicamente, para lograrlo en plenitud, este «Hijo» del Padre tuvo que renunciar -durante muchos años- a su, digamos, «memoria celeste», «poder y naturaleza divinos». En otras palabras: por expresa voluntad, Jesús nació, creció, aprendió, sufrió y experimentó como cualquier individuo de la raza humana y absolutamente ajeno a su verdadera identidad. Punto éste de difícil comprensión, pero decisivo, para entender esos años de supuesta «vida oculta». «Sólo así -nos dijo- era posible que mi Padre reconociera la absoluta soberanía del Hijo sobre lo creado.» (Palabras enigmáticas que mi corto entendimiento no ha podido resolver, aunque las acepto.)
Concluida esta experiencia en la tierra -algo que, sorpresivamente para nosotros, tuvo lugar en vísperas de su etapa de predicación-, Jesús podía haber «vuelto» al Padre. Su misión, al parecer, se hallaba culminada. Había «conocido» a los hombres y hubiera obtenido -de pleno derecho- la referida y misteriosa entronización como Soberano. Pero, y he aquí otro «mágico» aspecto de la encarnación del Hijo del Hombre, desde muy joven, sin saber muy bien qué se pretendía de Él, esa Superinteligencia se había encargado de mantener el fuego sagrado de un «ideal»: revelar la existencia de ese Padre-Dios a la humanidad. He aquí la segunda gran finalidad de su «visita» a la tierra. Durante muchos años, curiosa o paradójicamente, Jesús fue consciente de este segundo «ideal», aunque ignoraba quién era en verdad y por qué había nacido. Hoy podríamos definir la situación como «un empezar la casa por el tejado». Pero no me cabe la menor duda de que Dios es «inteligente»... Y «planear» las cosas así, en el fondo, resultó lo más sensato y natural. Imagino que un Jesús plenamente consciente de su divinidad, allá por su infancia o juventud, hubiera resultado un caos. La vida, su experiencia humana, debían discurrir como algo normal. La prueba es que, hasta (Pg. 215) mediados del año 25 de nuestra era, Jesús tuvo una única manifestación de índole celeste o sobrenatural: a los casi trece años, en su primera visita a Jerusalén. En dicha ocasión -si se me permite la licencia-, la Gran Inteligencia «despertó» en Él la realidad de un Padre de los cielos. Ese «fuego», por supuesto, no se apagaría jamás. Pero, ¿en qué momento se «abrió» su inteligencia humana al «hallazgo de los hallazgos»? Tuvo que haber una fecha, un período, en el que el Maestro tomara plena y definitiva conciencia de su origen y naturaleza divinos. A decir verdad nunca ocurrió con la simpleza que lo estoy planteando. Desde la mencionada etapa de juventud hasta el histórico retiro en la montaña del Hermón, en el verano del año 25 (pasaje ignorado y confundido por los evangelistas con el posterior segundo retiro en el desierto de la actual Jordania) el proceso de «apertura» a la divinidad fue irritantemente lento y gradual. Creí entenderle que, a partir de la experiencia en las cumbres del Hermón (actual sur del Líbano), ÉL SUPO QUIÉN ERA. Pero, hasta esos días, su corazón e inteligencia se debatieron en un océano de dudas. Sabía que era un hombre, nacido de mujer. Y tenía perfectamente transparente la idea de un Padre Celeste que, en su momento, le reclamaría a un «especialísimo trabajo». Y a partir de sus veinte-veintiún años, el espíritu de aquel Hombre entró en una demoledora crisis. Una angustia celosamente guardada de la que nadie supo nada. «Era como un incontenible torrente interior que, poco a poco, me iba arrastrando a la más absurda de las ideas: que yo tenía mucho que ver con esa Divinidad, que era parte de Ella...» La tragedia del Hijo del Hombre durante esos diez-doce años hubiera pulverizado a un coloso. Pero Jesús, inteligentemente, no se precipitó. Su casi suicida confianza en el Padre le salvó de la locura o de algo peor. Y se limitó a seguir el curso de los acontecimientos y de la vida cotidiana. La frase tantas veces repetida -«No ha llegado mi hora»- resultó providencial. Otra prueba de cuanto afirmo se halla justamente en el hecho de que, sólo después del bautismo en el Jordán, plenamente seguro de su poder e identidad divinos, empezó a aceptar de sus amigos y discípulos el título de Señor e Hijo de Dios. Antes de ese año 26, nadie, jamás, pudo favorecerle con semejante denominación. Aunque en muchos momentos, en especial en los años próximos al decisivo retiro en el Hermón, llegara a intuir o sospechar su doble naturaleza, se guardó muy bien de manifestarlo o de hacer uso de los poderes que, sin duda, germinaban ya en su interior.
Su madre, incluso, como creo haber mencionado, llegó a dudar de su papel mesiánico; entre otras razones, a causa de la ausencia de prodigios.
En resumen: la autoconciencia de su divinidad fue un lento, gradual y, sin duda, doloroso «parto» de treinta y un años de gestación.

(Pg. 273) Rebeca: ...Cuando al fin aceptó hablar conmigo supo escucharme. Y desde el primer momento, desde que mis labios le confesaron mi amor, supe que todo era inútil. Él tenía diecinueve años. Yo, diecisiete. Y con una seguridad que sólo contribuyó a multiplicar mis sentimientos hacia Él agradeció mi valor y sinceridad, explicándome que primero eran los suyos. Me defendí y, estúpida de mí, le exigí el nombre de mi rival... -María sonrió con benevolencia-... Jesús (yo lo sabía) no sentía predilección por ninguna de nosotras. Su trato siempre fue correcto. Sus deferencias hacia unos y otras eran escasas. Pero una mujer herida es imprevisible. Y yo, lo confieso, cometí la torpeza de preguntar por su secreta enamorada.
-¿Y qué respondió?
-¿No lo imaginas? Se puso serio y me habló de algo que, en aquel entonces, me crispó los nervios: de su Padre de los cielos. «Por encima del amor que profeso a mi madre y hermanos (manifestó) está mi inexpugnable deseo de cumplir la voluntad de "Abba".» -Rebeca, cuya bravura hubiera hecho palidecer a la Señora, se vació-. ¡Su «Abba»! ¡Aquel tonto prefería a su Padre! Años más tarde, al seguirle, comprendí que la tonta era yo... Pero, Jasón, ¿qué quieres? A los diecisiete años y perdidamente enamorada era difícil entender. Sin embargo, con una paciencia infinita, aguardó a que me calmara. Y siguió hablándome de su Padre Azul y del posible destino que le esperaba. No te mentiré. Al principio me costó creerle. Y rabiosa le propuse algo de lo que mamá María ya estaba al tanto: aceptaba ser la esposa del Mesías. Un hombre poderoso, intrépido y predestinado necesita a su lado una mujer leal y valiente. Pero Él, negando con la cabeza, me desarmó: «Más adelante lo comprenderás. Ahora, Rebeca, acepta la verdad. Me siento halagado. Y esto (puedes estar segura) me da valor y me ayudará en todos los días de mi vida.»
»Y astuta, a punto de perder la batalla, eché mano de mi última arma: las lágrimas. Jesús no dijo nada. Se mantuvo firme. Y yo, derrotada, supe que todo había terminado..., sin empezar. Pero, a pesar de mi dolor, he sido afortunada... -Y el celeste de su mirada se sublimó. Y la verdad habló por ella-:...Yo, Rebeca, hija de Ezra, he amado al Hombre más grande de la Tierra.
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(Pg. 293)
¿Cómo era el «tío Jesús» con los niños? ¿En qué consistían esos cuentos que, al parecer, hacían las delicias de la chiquillería? Yo le había visto jugar con ellos y tenía una cercana idea de su debilidad por los «pequeñuelos». Pero quise cerciorarme.
-¿Sabes cómo llamaban al almacén de aprovisionamiento? -abrió el fuego Jacobo-. La «casa encantada». Jesús convirtió el recinto en un lugar mágico, abierto a las fantasías infantiles. Sentía tal apego por ellos que, durante años, nada más abrir el negocio, sacaba a la calle un laberinto de maderas, cestos y cuerdas en desuso. Y como si de un rito se tratase, los niños acudían a las puertas, jugando y fantaseando con los cachivaches. Cuando se cansaban, los más audaces irrumpían en el interior y espiaban al «jefe». Si adivinaban que no se hallaba demasiado atareado le tiraban de la túnica y entonaban la frase clave: «Tío Jesús, sal y cuéntanos una historia.» Y allí lo tienes, sentado al pie del muro, con los más «enanos» entre las rodillas y cercado por un enjambre de ávidos y nerviosos soñadores...
(Pg. 294)
-Y tú, bribón, ¿cómo sabes esas cosas?
La oportuna pregunta de María le descubrió. E implorando compasión confesó su «delito»:
-Me escondía para escucharle.
-Debía imaginarlo -reparó Miriam-. Así que, en lugar de trabajar...
-No era el único... -se defendió el albañil.
-¡Tunante! Eres peor que tus hijos...
…-El de la rana -manifestó el albañil aprovechando la coincidencia- sirvió para que esos diablillos aprendieran a respetarlas. Al menos durante unas horas. Jesús les contaba que Dios las creó sin dientes para que no devorasen a otros animales acuáticos. Y los muy tontos se lo creían...
-Y tú también -replicó la Señora, dejando al desnudo la cristalina ingenuidad de su yerno.
-Sólo al principio. Y decía que la rana poseía poderes mágicos y una gran sabiduría. Y que fue uno de estos animalitos quien enseñó la Torá al rabino Hanina y también las setenta lenguas del mundo y los idiomas de las aves y de los mamíferos. Para ello escribía las palabras en un trozo de papiro y el discípulo se lo tragaba.
-Cuenta la del leviatán...
Ruth, testigo de excepción de las fantásticas narraciones de su Hermano a la chiquillería de la aldea, vino en mi ayuda. Y Jacobo, en clara referencia a los hipopótamos que en aquel tiempo disfrutaban de la jungla del Jordán, habló así:
-Era una de las historias preferida por los «enanos»...
-Y por otros no tan «enanos» -incordió Miriam.
-...Jesús explicaba que el behemot era la criatura más grande de la tierra. Y recordándoles el libro de Job aseguraba que ni mil montañas eran suficientes para alimentarle. Y los pequeños, entusiasmados, le oían decir que «todo el agua que arrastraba el Jordán en un año era un solo trago para él». (Pg. 295) Para saciar su sed, el Todopoderoso había hecho brotar el Yubal, una corriente que brotaba directamente del Paraíso. Al reparar en las caras de los comensales descubrí con satisfacción que los que descansaban en la plataforma no eran los únicos «niños» de la casa...
-...El patrón llamaba a los gallos «la trompeta matinal»...
Al referir el nuevo apólogo de Jesús atribuyó al «patrón» del almacén una definición de Horacio. Obviamente, el Maestro había leído al poeta latino.
-...Y en tono misterioso les contaba que el gallo, al cantar en la última vigilia, advierte a los demonios y a los espíritus errantes de la noche para que se retiren. Es curioso -meditó el devorador de ancas de rana-No sé cómo se las arreglaba pero en casi todas sus historias aparecía el Padre Azul. Rebeca, indulgente, se lo explicó como si la duda hubiera brotado del pequeño Judá:
-Si el sol pudiera hablar, ¿cuál crees que sería su tema favorito de conversación?
No sé qué le encandiló más: si el ejemplo o el celeste marino de la mujer. Y recuperando el hilo concluyó:
-...Y añadía que el gallo es el «cantante de Dios» porque repite sus alabanzas siete veces.
-Ahora la del águila...
La «pequeña ardilla» las conocía todas. Y el hambriento Jacobo, pendiente de una segunda y merecida ración, le cedió el «testigo».
-¡Prepárate! -me advirtió la Señora-. La pelirroja puede agotarnos a todos.
¿Sabes que no se dormía si Jesús no le contaba uno de esos cuentos? Nunca supe de dónde sacaba tanta paciencia e imaginación...
-¿Y bien?
-Pues verás. Él nos hablaba de muchas clases de águilas (la de «patas cortas», la «cazadora, de serpientes», la «imperial» pero su preferida era la «dorada»...
Supuse que el Hijo del Hombre, excelente observador de la Naturaleza, se refería a la Aquila Chrysaetos, enorme, oscura, majestuosa, capaz de prolongar sus vuelos durante horas y que construye sus nidos en los picachos.
-...Un día, el rey Salomón encontró una bella fortaleza. Pero, ¡oh, cielos!, carecía de puertas. Y buscando y buscando... -María hizo una señal para que me aproximara. Y emocionada me susurró al oído: «Lo cuenta como Él.»-... fue a tropezar con un águila dorada. El rey le preguntó dónde estaba la puerta y ella, que tenía sólo setecientos años, le envió un poco más arriba, al nido de su madre, que contaba novecientos. Pero tampoco supo darle razón y le indicó un tercer nido (más alto que el suyo), habitado por su abuela, que había cumplido mil trescientos años. El águila abuela le dijo que, en efecto, su padre le contó cómo, en la antigüedad, existía una puerta (Pg. 296) por el oeste. Y el rey, caminando y caminando, halló una entrada de hierro, sepultada en el polvo de los siglos. Y en la puerta se decía: «Nosotros,
los moradores de este palacio, vivimos durante años con lujo y riquezas. Pero sobrevino el hambre y nos vimos obligados a fabricar el pan con harina de perlas. Pero no sirvió de nada. Y cuando estábamos a punto de morir, legamos este lugar a las águilas.» ¿Lo has entendido?
La Señora repitió el gesto, revelándome otro pequeño secreto:
-Eso era lo que preguntaba mi Hijo al concluir la historia.
Y la revuelta constelación de pecas cambió de longitud y latitud, empujada por una sonrisa sin fin.
-Es fácil -manifestó haciendo suyas las palabras de su ídolo-. Sólo las águilas poseen la inmortalidad. Cuando envejecen vuelan hasta la casa del Padre Azul y Éste, una a una, les cambia las plumas...
-¿Y no te explicó cómo enseñan a sus crías a mirar al sol?
Santiago, buen cazador, sonrió ante mi pregunta. Y fiándome de una cita de Plinio le aclaré que, según algunos sabios, estas aves obligan a sus polluelos a mirar fijamente el disco solar. -Sólo así crecen sus alas. Y si alguno lagrimea, el águila madre los mata.
-Mi Hermano nunca destruía a los protagonistas de sus cuentos.
Encajé el reproche de Ruth. Y le rogué que prosiguiera.
-La del zorro también me gustaba... -En aquel tiempo, el llamado Vulpes vulpes niloticus o «zorro rojo» constituía una auténtica plaga-... Mi Hermano contaba que, después de Adán, el ángel exterminador comenzó a lanzar al mar una pareja de cada especie animal. Y cuando llegó al zorro, éste se puso a llorar amargamente. Y el ángel, curioso, le preguntó a qué venía aquel llanto. Entonces la astuta raposa replicó que lo hacía por su amigo. Y señalando la superficie del agua mostró al ángel su propio reflejo. Y el exterminador le dejó marchar.
Y la «pequeña ardilla» -inagotable- pasó a referir un nuevo sucedido.
-Una noche Jesús me preguntó si sabía por qué los cuervos caminan a saltos y desgarbadamente. Al responderle que nunca me había fijado se puso a imitarles. Y me entró la risa. Después, sentándose a mi lado, aclaró el misterio: «En cierta ocasión, los cuervos, envidiosos de las palomas, trataron de copiar sus andares. Y casi se rompieron los huesos. Y todas las aves se burlaron de ellos. Cuando finalmente quisieron caminar como lo hacían en un principio observaron con horror que se les había olvidado. Por eso, desde entonces, lo hacen a saltitos y siempre tropezando.» Y mi Hermano añadió: «Aprende de los cuervos. El que trata de arrebatar lo que no le pertenece puede perder hasta lo poco que tiene.»
(Pg. 297)
El repaso a las fantásticas leyendas que narrara el «tío Jesús» a los más pequeños de Nazaret se prolongó hasta bien entrada la noche. Y los comensales -yo el primero disfrutamos con aquella tierna estampa.
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(Pg. 298)
Y el destino tocó en el hombro del Maestro. Su hora estaba próxima.
-Fue doloroso -prosiguió Santiago-. Al día siguiente de las bodas, mi Hermano me llamó al almacén de aprovisionamiento. Y me hizo una innecesaria confidencia: se disponía a dejarnos. Su corazón era una vasija repleta de agua. La euforia cantaba contra las paredes. Pero, al mismo tiempo, un aceite espeso flotaba en la superficie. La tristeza le cambió la voz. Y con su habitual generosidad cedió la propiedad del negocio a mi nombre, designándome «jefe protector de la casa de su padre». A manera de compensación me rogó que, a partir de su marcha, corriera con la total responsabilidad de las finanzas de la familia, descargándole así de dicho compromiso.
«En la medida que sea posible (añadió) seguiré enviándote una ayuda mensual…, (Pg.299) hasta que llegue mi hora. Emplea esos fondos como estimes conveniente.»
….Y una lluviosa mañana de enero del 21 de nuestra era, a sus veintiséis años, tras besar a su madre, se perdió en el camino de Caná. La Gran Inteligencia -su Padre Azul acababa de abrir las puertas de su penúltima etapa en la tierra: cuatro intensos, radiantes y viajeros años, lamentablemente ignorados por los evangelistas y de los que daré cumplida cuenta..., en su momento.